viernes, 4 de enero de 2008

Falsas Ilusiones

El ambiente era humedo, saturado, tenso.

No hacia ni un minuto que me había separado de los demás. Estaba sólo, en aquella puta selva tropical, con veinte kilos de placas de metal pegadas al cuerpo y una hoja afilada. Cada vez estoy mas tenso... doy manotazos a las gotas de sudor que resbalan por mi rostro pensando que son mosquitos, y cada paso que doy, me surge el temor de hundirme rápidamente y que no quede rastro de mí. Los multiples sonidos que me impiden dormir por las noches, de cómo insectos, serpientes y demás criaturas muestran su presencia, empezaban a perturbarme el sueño. Mi rostro estaba cada vez más marcado por las ojeras y el cansancio.

Pero no eran ni los mosquitos ni las arenas las que me ponían nervioso, nisiquiera los zumbidos constantes en mis timpanos. Lo que de verdad me ponía nervioso, era que todo eso, había desaparecido.

Ya sólo estaba el silencio. Sabía que me estaban rodeando. Podía empezar a oir sus silenciosas pisadas, su respiración agitada. Saqué la espada, y esperé, concentrandome cada vez más. La vista ya no me servia para nada, asi que intensifiqué todos mis otros sentidos. Podía sentir cómo el sudor me bajaba por la espalda, como mis musculos estaban preparados para una rápida reacción. Unos arbustos se movieron a mis lados, y pude ver que eran muchos.

Totalmente rodeados, eran mas, contaban con número y conocían el terreno. Parecía que se burlaban de mi, y esperaban que me rindiera, rogara pleitesía o simplemente hechara a correr. No les daría la satisfacción de verme correr. No mientras siga mi corazón aun lata.

Y con espada en mano, me abalancé sobre ellos. Pasé la densa pared de plantas altas y proferí el primer tajo, sin tocar nada. Y derepente, me hundí en unos instantes para comprobar quien era mi enemigo, y lo que había hecho.

Caí, y el peso de la armadura magullada por las rocas puntiagudas me hundió mas todavía. No podía salir. El agua me rodeaba, y queria que formara parte de ella. Al cabo de un tiempo, la deje entrar. Y al poco, morí.

Aventurero del Nuevo Mundo

El Pueblo Libre

Los dioses hicieron la tierra para que todos los hombres la compartieran. Pero luego vienen los reyes, con sus coronas y sus espadas de acero y dicen que todo es suyo. Los árboles son míos, dicen, no os podeis comer las manzanas. El arroyo es mío, aquí no podeis pescar. El bosque es mio, nada de cazar. Mi tierra, mi agua, mi castillo, mi hija... No les pongas las manos encima o te las corto, pero a lo mejor si te arrodillas delante de mí te dejo que lo olisquees. Decís que somos ladrones, pero al menos un ladrón tiene que ser valiente, astuto y rápido. Para arrodillarse solo hacen falta rodillas.

Si tenemos que morir, moriremos. Todos los hombres mueren. Pero antes vamos a vivir.

La Canción de Hielo y Fuego - G. G. Martin