domingo, 26 de febrero de 2017

Economía poética (II)

A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Federico G. Lorca

Cuántos poetas hablan de economía
llenándose los fardos, los muy cabrones
esto es solo poesía, dicen
mientras se engordan las barrigas llenas
a base de premios comprados
y periódicos fingidos.

Que no me cuenten tonterías
que no me cuenten embustes
que el único papel que os importa
ni está en blanco ni sirvió para escribir
más que sobre las manos de aquellos que trabajan
y creyeron a los hombres blancos
con lengua de serpiente que nos cambiaron
la zanahoria por el euro.

Ese que nos ha apretado el nudo de la corbata
de nuestro trabajo y convirtió a la clase media
en una moda,
y a la clase trabajadora, en una boda
donde casar la precariedad con la culpa
de no ser nunca suficiente.

[Al otro lado del 016 siempre está comunicando
y las ideas nos maltratan a sólo un botón de distancia]

Quédate en casa y no me molestes,
que para algo os dimos bibliotecas televisión
quédate en casa, tuiteando desde el salón
y más te vale no tener muchos seguidores
porque entonces, quien sabe, puede no gustarnos
tu libertad de expresión y tengamos
que imputarte algún delito.

Pobre, que eres pobre
escupo sobre tu sangre, roja como el vino
a mí no me vale,
antes me salgan mis hijos primos
que juntarlos con vosotros, chusma
incorregible, gritona y austera
no sabéis el significado de la hondura
de la calma llena de las óperas infinitas
quedaos con vuestras guitarras zalameras
tocando bajo, caja y cuerdas
a la vez.

Pobres, que sois pobres
y no lo veis.

Nota: revisión de Dineros (I)


martes, 14 de febrero de 2017

Haciendo pucheros

Me come el fantasma de mis drogas que gotea saliva
manchando mis libros y mi vista
alejándome de todas las cosas que me gustan
pero mentiendo en mí tanta música
que mi cuerpo se apelmaza en un muro de colores
donde las olas retumban hasta crear un eco
que hago mío.

A eso, le llamo voz.

En un lado del muro, estoy yo
que no es poco, aunque tampoco
apueste mucho cuando las nubes rondan la muralla
y me quedo frío y pequeño
hasta descubrir que las nubes las trajo el chamán
que ronda la otra parte del muro
y que busca venganza por prohibir la magia
y las historias.

A eso, le llamo madurez.

Me apuntalo así entre el sedal de mi mollera
y mis manitas de niña callejera
que no han roto un puto plato en su puta vida
y las coloco frente al muro de colores
que vio al hechicero arrancarse las alas
y arrojarlas al puchero para comer
hasta envenenarse.

A eso, le puse tu nombre.