La agonía del escritor viste de blanco por la noche y de negro por la mañana. Se amarga en un verso prohibido, que no ha existido más allá de su cabeza, junto con la impotencia de no poderlo hacer real.
Y ya que en
realidad, no puede escribirse, viajaré al mundo de las ideas donde no habrá que escribir para dormir una noche, ni cerrar los ojos para que estés junto a mi.