Hace mucho tiempo se creía que la lluvia eran las lágrimas de Dios por los pecados del homnre. Que el nos hizo buenos, a su imagen y semejanza, pero que luego llegó el diablo y nos convirtió en lo que ahora somos: un cínico reflejo de nuestro creador.
Nos reflejamos en Dios como la Luna se refleja en la inmensidad del océano. De manera siempre turbia, por que igual que el mismo océano nunca está tranquilo, el ser humano tampoco lo está. No es que no quiera, es simplemente incapaz.
Tenemos algo por dentro, que nos impulsa a vivir, algo mas allá de la vacía existencia del existir sin más.
Y yo creo que eso que nos impulsa, es amor. Algo mas poderoso que el dinero y el poder. Algo que no se puede ni comprar ni vender, que solo se puede sentir como sientes la lluvia en una día tormentoso.
Pero... nunca llueve eternamente.

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