miércoles, 10 de junio de 2009

La Puta de Poniente

Hace tiempo encontré una mujer de ojos azules ya bien gastados y cabello de oro apurado que vagaba por barrios oscuros con andares tan poco elegantes como ya lo eran sus pechos.

Tenía un acento sureño y lo paseaba con orgullo ante la espera del atardecer, cuando empezaba lo suyo, menester de amor por un par de brillantes sueños de los que calientan el estomago y llenan la cama.

Una noche le ofrecí rodajas de cobre por el sabor de sus labios, pero antes decidió contarme una historia de las pocas que aún vivían de boca en boca.

Decía que una niña de ojos tan profundos como el océano y de pelo tan brillante como el Sol nadaba en la orilla de una playa de la Graná, donde el viento de poniente no tregua en su batalla de rozar las miradas de su gentío. La niña jugaba sosegada, en el litoral tranquilo, pero una ola de estas traicioneras la cautivó a la fuerza y se la llevó donde los barcos amarran para descansar, y marineros se marean sin el mar.

Se despertó en la dura piedra del puerto, dolorida por dentro, y aunque su mente borró aquellos negros momentos, su corazón vagó herido buscando quién era... quién había sido. Pero nunca encontró respuesta en la niña de ojos profundos y cabello brillante que se reflejaba en el mar dormido.

Durante los siguientes años fue apurando el brillo de sus ojos y sus carnes morenas para ganar respeto. Ganó un nombre, dinero, y aprendió que una palabra puede doler más que una puñalá, pero que son estas las que matan.

Al final, acabó entre las grandes ciudades, que le abrieron el infierno que se encontraba en los cielos de los gigantescos edificios, hasta que a los 3 solsticios le dieron el tierno aviso de calle y callejón.

Ahora cuentan que los pobres le mendigan amor por las callejuelas de la ciudad sin saber quién era aquella mujer y la niña que siempre estuvo en ella.

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